El sureste castellano-manchego tiene algo especial que atrapa al visitante, ya que su riqueza no se limita a los monumentos ni a la grandeza de sus paisajes abiertos, se manifiesta sobre todo en la manera en la que la comida se convierte en parte esencial de la identidad cultural. Cada plato, cada pan recién horneado y cada producto elaborado con paciencia hablan de siglos de historia, de pueblos que han sabido conservar su vínculo con la tierra y que siguen apostando por una forma de alimentarse que se aleja de la prisa y se acerca al respeto por los ciclos naturales. Esta ruta no se recorre con mapas ni con guías turísticas, se recorre con los sentidos, porque la mejor manera de entender la esencia de la zona es sentarse a su mesa y dejarse llevar por sus sabores ecológicos.