Vigilantes de seguridad y formación

En los eventos, lo normal es hablar de lo que ocurre en el escenario, en la música, en la iluminación o en la experiencia que vive el público. Lo cierto es que detrás de todo esto existe una parte bastante menos visible que es también importante: la seguridad.

Los vigilantes de seguridad tienen un papel importante en los encuentros públicos y el que estén más o menos preparados es algo que influye en el orden del recinto y también en la tranquilidad que viven los organizadores, asistentes y trabajadores. Los eventos pueden tener una puesta en escena increíble, pero cuando no se tiene una base de seguridad adecuada, el resto queda bastante más expuesto.

La importancia de la formación

La formación de estos profesionales es uno de los pilares que tienen mayor peso en el trabajo del día a día. No solo vale con estar presente o tener el control de los accesos. Se hace necesario saber cómo actuar, observar, anticiparse y responder con criterio.

Por todo ello, el hecho de hablar de vigilantes de seguridad y formación en la sección de eventos tiene bastante sentido. La preparación marca la diferencia entre una buena intervención y otra que se complica sin necesidad, como nos recomiendan los profesionales de Academia Marín, expertos en este tipo de formaciones.

¿Cuál es el papel real que tiene un vigilante en un evento?

Con frecuencia, suele reducirse la figura del vigilante a estar vigilando las entradas o a comprobar acreditaciones. El caso es que la función va bastante más allá de todo esto. En los eventos, el vigilante es una pieza fundamental para que se mantenga el flujo de personas, se detecten incidencias, se eviten aglomeraciones y se actúe cuando aparezca cualquier clase de comportamiento que altere la normalidad. El trabajo va a consistir en la prevención y en la respuesta.

Esto significa que es necesario conocer bien la clase de acto al que se enfrenta el profesional. No es igual estar trabajando en un concierto multitudinario que en una feria de profesionales, una presentación de empresa o una celebración privada que tenga aforo limitado. Es un hecho que cada escenario tiene su propio ritmo, riesgos diferentes y otras necesidades. La seguridad no se improvisa sobre la marcha y está pensada antes de que comience el evento.

El vigilante a veces es el primer punto de contacto con el público. Hay que tener en cuenta que la actitud, la forma en la que habla y cómo puede resolver las dudas son algo que puede influir de manera importante en la percepción general del evento. Un trato firme, pero con respeto, lo que ayuda a transmitir orden sin que se generen tensiones, algo que en los espacios públicos tiene bastante influencia.

La formación como herramienta de trabajo

El tema formativo no es un trámite inicial que superamos y que se acabó; es una parte continua que tiene su desarrollo profesional. Los protocolos van cambiando, los espacios evolucionando y los eventos cada vez tienen una mayor complejidad. Todo esto hace que la actualización de conocimientos sea cada vez más importante.

Un programa de formación debe preparar al profesional para que analice situaciones, actúe rápidamente y mantenga la calma, aun cuando el entorno se llene de presión, ruido y movimientos inesperados.

La teoría importa, pero aún más la capacidad de poder aplicarla en escenarios reales. El hecho de saber cómo se debe intervenir en una incidencia o cómo coordinarse con otros equipos o cómo se reacciona ante una alteración del orden es algo que no se aprende únicamente leyendo un manual.

La formación lo que hace es ayudar a que el vigilante, como tal, no trabaje desde la intuición. Cuando hay bases claras, las decisiones se toman mejor y con un menor margen de error.

Todo ello da seguridad a los propios profesionales y también al resto del equipo. En los eventos, cada persona precisa saber qué función tiene y hasta dónde puede llegar su responsabilidad.

Prevenir antes que reaccionar

Si hablamos de la seguridad, la prevención siempre es mejor que actuar tarde y esto en los eventos se nota bastante más porque todo ocurre rápidamente. El acceso del público, la circulación por áreas comunes, la entrada de proveedores, el movimiento del personal técnico o la llegada de invitados lo que hacen es generar un contexto de lo más cambiante. Cuando los vigilantes están preparados adecuadamente, lo que detectan son señales de riesgo antes de que pasen a ser un problema serio.

Lo bueno que aporta la formación es una gran capacidad de observación. Nos enseña a leer el entorno, a identificar conductas inusuales, a reconocer puntos de saturación y a poder anticipar situaciones que pueden ser incómodas.

No es cuestión de estar en alerta constante como si todo fuese una amenaza, sino de trabajar con atención siendo realistas. Esta es una diferencia realmente importante, porque un profesional que esté formado no va a exagerar, pero tampoco se relajará cuando no deba.

En los eventos de gran tamaño, el hecho de prevenir es algo que cuenta todavía con más importancia. Cuando se produce un pequeño fallo a nivel de coordinación o se leen mal los accesos, ello puede acabar generando colas, nervios o interrupciones que más tarde acaban por afectar al desarrollo general.

La comunicación es una cualidad fundamental

Entre las habilidades de mayor valor que existen para un vigilante de seguridad en los eventos, podemos hablar de la comunicación. No solo vale con saber actuar ante las situaciones. Recuerdo estar en un concierto en una edición de Mad Cool de hace unos años y se montó un cuello de botella entre dos escenarios. Al principio, personal de seguridad, ante la situación, no hacía más que dar gritos y hacernos gestos para que nos fuésemos todos atrás. Luego más tarde llegaron refuerzos y el jefe de la seguridad, además de actuar, supo hablar y luego también explicar.

Una buena parte de las incidencias menores se solucionan con indicaciones claras y actitudes tranquilas. Por todo ello, es necesario que las formaciones incluyan una serie de aspectos de trato al público, control emocional y resolución de conflictos. En los eventos, el público puede que esté cansado, tenga prisas o tenga unas elevadas expectativas. El caso es que si se encuentra con una respuesta seca o no muy clara, es más fácil que aumente la tensión.

Si se produce una buena comunicación, será más difícil que haya malentendidos y el ambiente será más ordenado. El vigilante no solamente se encarga de proteger, sino que también es representante de la imagen del propio evento. Todo esto demanda equilibrio. No hablamos de ser distantes ni de que se asuma un papel autoritario sin matices. Hablamos de que se marquen límites con firmeza y, a la vez, que se mantenga una relación profesional y de respeto.

Una formación adecuada nos prepara para esto, de tal forma que se pueda intervenir sin confrontar más de la cuenta y resolver sin que se pierda presencia.

Coordinación con otros equipos

La seguridad en un evento es algo que no depende de una única persona. Los vigilantes suelen trabajar en coordinación con organizadores, personal técnico, responsables de accesos, servicios sanitarios y a veces las fuerzas de emergencia. En el caso de que no haya coordinación, todo se va a volver más lento y confuso. Por todo ello, la formación debe enseñar también a trabajar en equipo.

Los vigilantes bien preparados saben a quiénes tienen que informar, cuándo y qué datos es necesario que se transmitan. Todas las incidencias no necesitan la misma respuesta. Algunas se van a resolver internamente y otras precisan escalar inmediatamente. La identificación de estas diferencias termina por evitar pérdidas de tiempo y mejora la eficacia del conjunto.

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